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ARTÍCULOS

  • Foto del escritorFernando Hernández Q.

La fuerza de la empatía


Rav Jonathan Sacks escribió en Aishlatin, sobre esta fuerza maravillosa de la empatía. La transcribo igual en gran parte; contiene gran sabiduría.


En uno de sus libros, William Ury, el fundador del programa de negociación de Harvard, cuenta una historia maravillosa. Un joven norteamericano que estaba viviendo en Japón y estudiando aikido, viajaba una tarde en un tren por los suburbios de Tokio. El vagón estaba medio vacío. Había algunas madres con sus hijos y algunos ancianos que hacían sus compras.


En una de las estaciones, se abrieron las puertas y entró al vagón un hombre tambaleándose, ebrio, sucio, agresivo. A los gritos empezó a maldecir a las personas y se abalanzó hacia una mujer que sostenía un bebé. El impacto la envió al regazo de una pareja de ancianos. Todos saltaron y corrieron hacia el otro extremo del vagón. Esto enfureció al borracho, que los persiguió, se aferró a un poste de metal e intentó sacarlo del lugar. Era una situación peligrosa, y el joven estudiante se preparó para una pelea.


Pero antes de que pudiera reaccionar, un anciano de unos setenta años vestido con un kimono le gritó al borracho de forma amigable: "¡Ey! ¡Ven acá y conversa conmigo!". El borracho se le acercó como si estuviera en un trance. "¿Por qué voy a hablar contigo?", le dijo. "¿Qué has estado bebiendo?", le preguntó el anciano. "Sake, ¡y no te incumbe!". "Oh, eso es maravilloso. Verás, a mí también me encanta el sake. Cada tarde con mi esposa (ella tiene 76 años, sabes), calentamos una pequeña botella de sake y la bebemos en el jardín, sentados en un antiguo banco de madera. Observamos cómo se pone el sol y miramos cómo está nuestro árbol de caqui. Ese árbol lo plantó mi bisabuelo…".


Mientras él continuaba hablando, el rostro del borracho comenzó a suavizarse gradualmente y sus puños se relajaron. "Sí, a mí también me gusta el caqui", murmuró. "Estoy seguro de que también tienes una maravillosa esposa", agregó el anciano. "No, mi esposa falleció", dijo el borracho y comenzó a sollozar. "No tengo esposa. No tengo un hogar. No tengo un trabajo. Estoy muy avergonzado de mí mismo". Las lágrimas rodaban por sus mejillas.


El tren llegó a la parada que necesitaba el estudiante y mientras salía del tren escuchó al anciano suspirar con empatía. "¡Oy! Eso es muy difícil. Siéntate aquí y cuéntamelo". Lo último que vio fue al borracho sentado con su cabeza sobre el regazo del anciano, que le acariciaba suavemente el cabello. Lo que él había pensado lograr con los músculos, el anciano lo logró con palabras amables.


Esta historia ilustra la fuerza de la empatía, de ver el mundo a través de los ojos de la otra persona, de entrar en sus sentimientos y actuar de una forma que le deje saber que la entendemos, la escuchamos y nos importa. La necesidad de la empatía sin duda se extiende a los cónyuges, los padres, los hijos, los vecinos, los colegas de trabajo, y a todos. La empatía es esencial en las interacciones humanas en general.


La "empatía es más fuerte en los grupos donde la gente se identifica mutuamente: familia, amigos, clubes, pandillas, religiones o razas".El corolario de esto es que mientras más fuerte sea el nexo dentro el grupo, más aguda es la sospecha y el miedo de aquellos que no pertenecen al grupo. Es fácil "amar a tu prójimo como a ti mismo". Pero es muy difícil amar, o incluso sentir empatía, por un extraño.


Como lo expresó el primatólogo Frams de Waal: Hemos evolucionado para odiar a nuestros enemigos, ignorar a las personas que apenas conocemos y desconfiar de cualquiera que no se parezca a nosotros. Incluso si somos en gran medida cooperativos dentro de nuestras comunidades, nos convertimos en un animal diferente en nuestro trato con los extraños. El miedo del que no se parece a nosotros puede anular la respuesta empática. Es como si Dios hubiera dicho: tus sufrimientos te han enseñado algo sumamente importante. Has sido oprimido; por lo tanto ahora ve al rescate de los oprimidos, sean quienes sean. Has sufrido; por lo tanto conviértete en la persona que está dispuesta a ofrecer ayuda a otros que sufren.


La empatía no es un complemento ligero, algo adicional para la vida moral. Es un elemento esencial para la resolución de conflictos. Las personas que han sufrido, a menudo responden infligiendo dolor a los demás. El resultado es la violencia, a veces emocional, a veces física, dirigida contra individuos o grupos. La única alternativa genuina y no violenta es entrar en el dolor del otro de una manera que garantice que pueda saber que lo entienden, que reconocen su humanidad y que afirma su dignidad.


No todos pueden hacer lo que hizo ese anciano japonés y, por cierto, no todos deberían intentar desarmar de esa forma a un individuo potencialmente peligroso. Pero la empatía cambia tu vida y la de las personas con quienes interactúas. En vez de responder con ira a la ira de otra persona, trata de entender de dónde surge ese enojo. En general, si quieres cambiar el comportamiento de alguien, necesitas entrar en su mentalidad, ver el mundo a través de sus ojos y tratar de sentir lo que siente. Y entonces decir o hacer algo que manifieste sus emociones, no las tuyas. No es sencillo. Muy pocas personas pueden hacerlo. Quienes lo logran, cambian el mundo.


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